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· EL CAMINO EN TIERRA ·
(Primeros capítulos - Muestra)
- CAÍDO DEL CIELO -
1 La bruja
Cinco años atrás
Albborendil levantó la vista con preocupación. Gaije solo veía pájaros en el aire, pero era evidente que ella veía algo más.
- ¿Qué oculta el velo esta vez? ¿Dragones? ¿Ángeles en caída libre?
La mujer echó a andar a toda velocidad hasta el borde mismo del acantilado. Gaije, con sus piernas contrahechas, la seguía a pequeños brincos por el abrupto terreno.
- ¡Oye! ¡No corras tanto! ¿Quién se muere?
Cuando llegó junto a ella, Albborendil se había echado de rodillas al suelo, con medio cuerpo asomando por el precipicio. Se volvió hacia él con una sonrisa cómplice.
- Había cuevas en este acantilado, ¿verdad?
- Sí que las hay… supongo que es tu forma de decirme “llévame”. Sí, sí, ya nos vamos conociendo… Vamos… te las mostraré.
Gaije la condujo hacia la entrada de la cueva más grande, rezongando y maldiciendo a las brujas que te roban el corazón y luego se distraen con gaviotas. Albborendil bromeó con que había sido él quien la había rechazado en su juventud y él negó que tal cosa hubiera sido posible, aunque su juventud quedara tantos siglos atrás que nadie la pudiera recordar, ni siquiera él.
Lo que Gaije llamaba cueva era un sendero sinuoso entre rocas afiladas, con tramos relativamente horizontales y quiebros casi indetectables contra la luz mortecina, que les cegaba desde la oscuridad por la que avanzaban. Al salir a la plataforma horizontal de roca que daba al acantilado, el fauno la sujetó por el brazo, señalando una forma retorcida en el suelo, pero Albborendil sonrió misteriosa y se soltó, acudiendo al lado del muchacho que temblaba entre las rocas.
A ojos de Gaije era apenas un chiquillo, aunque debería rondar los veinte en términos humanos. Estaba en el suelo en posición fetal, con la nuca empapada en sangre y presa de violentos espasmos que le estaban haciendo golpearse con las rocas. Al fauno le resultó bien parecido, a pesar de la expresión de dolor de su rostro sudoroso y de la capa de bilis y arena salada que ensuciaba sus facciones. Le desagradó comprobar que no era el único fluido que había escapado de su cuerpo en medio de las convulsiones.
- Hay que llevarle a casa. Ayúdame a levantarle.
- ¿A casa? ¿Te has vuelto loca? ¿Quién o qué es este chaval? ¿Por qué…
La mirada de Albborendil le hizo cerrar la boca y agacharse junto a ella para recoger al chico. Era liviano, pero olía fatal y los espasmos hacían complicado su transporte.
- Está bien. Está bien… pero luego, si resulta que está loco o es un señuelo de un kraken cabreado o un bastardo perseguido por las sirenas, no pienso luchar. Lo entregaré, aunque le hayas cogido cariño, ¿me oyes?
- No te creerías lo que es, cascarrabias… o lo que era.
Albborendil miraba al muchacho con una expresión apenada y maternal que intrigó al fauno.
- ¿Y qué es? ¿O qué era?
- Veremos si nos lo cuenta al despertar…
Gaije soltó un gruñido decepcionado que hizo reír a Albborendil. Siguió rezongando hasta que tendieron al muchacho en la cama de invitados de su pequeña cabaña furtiva, un cómodo chalet nórdico camuflado como una simple casucha de aperos en un prado ganadero junto al acantilado. Antes de tumbarle, el fauno obligó a la bruja a esperar un minuto con el chico en brazos para arrojar sobre la colcha una cortina de ducha de tacto plástico. Albborendil sacudió la cabeza con paciencia, concentrándose de nuevo en su tarea.
- Trae agua limpia y paños. Vamos a ver esas heridas…
El fauno obedeció presto, consciente de que la atención de la bruja no volvería sobre él mientras tuviera un herido al que atender. Albborendil desvistió al chico y limpió con delicadeza la nuca, dejando al descubierto una marca extraña llena de puntos sangrantes de aparente profundidad. Era evidente que la piel había estado protegida del sol y la intemperie por algún objeto adherido con forma de cruz apuntada, que ocupaba desde la base del cráneo hasta la mitad de la espalda, con dos pequeños brazos en la línea de los trapecios. El muchacho tenía contracturada toda la musculatura de la espalda, aunque las piernas parecían flácidas, y sollozaba en su inquieto sueño, víctima de nuevos y dolorosos espasmos.
- ¿Qué diablos le ha pasado?
Albborendil cogió aire muy despacio, con los labios apretados y el ceño fruncido.
- Algo terrible, Gaije… es un milagro que haya sobrevivido. Después de lo que ha pasado, no podemos dejarle morir ahora…
Gaije abrió los ojos como platos, sospechando las intenciones de la bruja. Solo otra vez, una eternidad atrás, la había visto utilizar ese poder.
- Espera, espera, espera… ¿cómo sabes que lo merece? ¿Y si merecía precisamente lo que sea que le han hecho? Parece una tortura, sí, pero… Podría ser un asesino o un loco… ¡no sabemos nada de él!
- Él quizá lo crea, pero yo veo su corazón, viejo amigo… no quiero que sufra aún más… es un buen hombre. Estoy segura.
El fauno miró el cuerpo tendido sobre su cortina de ducha, con el rostro sucio tapado por un brazo y la espalda desnuda exhibiendo esas marcas rosáceas que parecían dentelladas de una sanguijuela gigante. Advirtió también una serie de líneas casi imperceptibles dibujando una cenefa geométrica desde la nuca a la cintura.
- ¿Has visto eso?
Albborendil asintió, deslizando un dedo por uno de ellos. Al hacerlo, las líneas se iluminaron, reflejando una luz pálida que emitían las yemas de la mujer.
- Es un tatuaje de luna.
- No había visto nunca cosa igual…
El fauno contempló fascinado los dibujos, casi invisibles a la vista hasta que reflejaban la luz de albedo, que Albborendil podía proyectar con sus propias y mágicas manos. No sabía cuál de las dos cosas le hipnotizaba más, si la luz de Albborendil o el reflejo en los intrincados dibujos de la piel del muchacho.
- ¿Es un ángel?
Ella rió, sacudiendo la cabeza.
- No es de la raza de los celestiales, no… pero sí viene de arriba.
Albborendil señaló hacia el techo con una sonrisa enigmática, que hizo estremecerse al fauno. Aquella mujer sabía demasiadas cosas. De pronto la historia del muchacho picaba más la curiosidad de su improvisado rescatador.
- ¿Qué necesitas?
- Necesito que le sujetes. Lo que voy a hacerle va a doler.
- Pero vivirá para contarnos su historia… ¿no?
- Sospecho que su historia no será algo que quiera compartir… pero vivirá.
Gaije sujetó al muchacho y la mujer se encaramó sobre él, a horcajadas sobre sus caderas. El fauno arrugó la nariz, advirtiendo la suciedad del pantalón, cubierto también de arena y restos varios.
Albborendil respiró hondo y apoyó las manos sobre las escápulas del yaciente. De pronto toda la maraña de líneas se iluminó y el chico abrió los ojos, tensándose hacia atrás como un arco con un terrible alarido.
Ante la mirada atónita del fauno, las manos de Albborendil parecieron meterse dentro de la espalda del joven, como si no hubiera materia que las detuviera, y allí manipuló su columna y su sistema nervioso, deshaciendo nudos y cerrando con sus dedos las pequeñas heridas hechas por las hebras del dispositivo arrancado de su cuello. Mientras la bruja actuaba, el chico gruñía y se retorcía, en una mezcla de lloro y aullido tembloroso, haciendo difícil al fauno sujetarle. Por suerte, el paciente se desmayó en medio de la operación, relajando la tensión de todo su cuerpo, pero Albborendil continuó su trabajo, aflojando la musculatura capa a capa, hasta terminar masajeando por encima de la piel, del cuello a los pies y a las manos.
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Gaije, ya a cierta distancia, contempló con grima el charco de sangre y fluidos varios que ensuciaba la cortina sobre su cama de invitados, pero le produjo mucha más aprensión ver la forma flácida y desvaída en la que colgaba el cuerpo del muchacho, como si no hubiera huesos en su interior, y la pose firme, imponente y poderosa de la bruja que acababa de salvarle la vida. No hacían falta muchas explicaciones para saber que el chico estaba tetrapléjico antes de su intervención. Gaije se preguntaba si despertaría de pronto y saldría andando tan contento.
Albborendil sacudió la cabeza con tristeza, como si hubiera leído su pensamiento.
- Ni siquiera mi magia le va a librar de una larga rehabilitación, Gaije… dejaremos un par de días para que se asiente y podamos trasladarle y me lo llevaré de aquí. ¿Te parece bien?
El fauno balbuceó una respuesta, pillado por sorpresa y la bruja sonrió. Parecía agotada.
- Vamos, ayúdame a lavarle…
- Le hace falta, sí.
La reprimenda en la mirada de la bruja hizo levantar las manos al fauno en señal de rendición. Pero era cierto. Le llevaron a una bañera, envuelto en el plástico y allí Albborendil se encargó de bañarlo, entregando sus ropas y la improvisada camilla plastificada al fauno para que hiciera con ellas lo que quisiera. Gaije las prendió fuego en la chimenea, no sin antes vaciar los bolsillos en una palangana en la que lavó todo bien, especialmente sus propias manos.
Era un muchacho apuesto. Alto y bastante delgado. Con el pelo muy corto y los ojos de un marrón pálido, casi gris, como de madera envejecida por el sol. Gaije apenas se había fijado en sus ropas antes de quemarlas, pero las extrañas monedas de sus bolsillos sí habían llamado su atención. Colocó una de ellas sobre la mesa, delante de Albborendil, que la oteó con curiosidad.
- Esto es una laja, querida mía. ¿Sabes cuánto hace que no pasa una laja como esa por mis manos? ¡Una eternidad! Y el chico llevaba cinco o seis, como calderilla, repartidas por los bolsillos.
La mujer sonrió enigmática.
- Supongo que no vas a contarme nada de él. Tendré que investigar…
La expresión de la bruja cambió de pronto y su voz se hizo más fría.
- No lo harás. No preguntarás ni buscarás nada que tenga que ver con el muchacho. No contarás a nadie nada de su procedencia ni de sus heridas… es más, olvidarás cuanto has visto u oído sobre él…
Albborendil recogió las lajas de manos del fauno, mientras Gaije, con los ojos velados por una cortina de luz, asentía, aturdido.
- … mi sobrino Laurien es quien se ha quedado dormido en ese cuarto, ha hecho un largo viaje para venir a buscarme. Dormiremos aquí un par de días y seguiremos ruta. Te encanta el muchacho. Siempre te apena que sus estancias sean tan breves.
Gaije siguió asintiendo hasta minutos después de que Albborendil dejara de hablar. La mujer se agachó a darle un beso en la mejilla que hizo sonreír al fauno.
- Voy a acostarme ya, tesoro. Ha sido un día largo.
El fauno parpadeó. Las palabras de Albborendil resonaban en su mente, aunque no lograba recordar de qué hablaban. Se sintió extrañamente satisfecho.
- Sí, sí, claro… eh… ¿quieres mi habitación? Laurien duerme ya. Yo puedo dormir en el sofá, no me importa…
- No es necesario. Dormiré con él. Gracias, Gaije, viejo amigo.
El fauno acompañó a la bruja hasta la puerta del cuarto y luego se quedó un rato sentado en el sofá, contemplando las brasas de la chimenea. Había un trozo de tela, como una pernera de pantalón, asomando entre los troncos y la habitación olía a plástico quemado. Lo removió sin darle importancia y siguió mirando las llamas, embobado y satisfecho por la visita de sus viejos amigos, Albborendil y Laurien. Había algo en el fuego, o en su profunda sensación de plenitud, que no terminaba de encajar, pero qué importaba, siempre agradecía las visitas.
2 El muchacho
A Gaije le preocupó que Laurien, el sobrino de Albborendil, no despertara a la mañana siguiente, pero ella insistió en que era normal, ya que venía cansado del largo viaje y el fauno le restó importancia.
Tras el almuerzo, mientras Gaije dormía la siesta a pierna suelta, Albborendil estuvo largo rato sentada junto a la cama del durmiente. Estudió sus facciones: afiladas y delicadas, y las profundas heridas de su nuca, en contraste con los muchos arañazos y contusiones que se había producido al retorcerse entre las rocas. Y se preguntó por los detalles de su historia. Tenía una complexión atlética. Fuerte, a pesar de la esbeltez de sus extremidades y su tórax. Parecía entrenado, como un gimnasta o un soldado, aunque carecía de cicatrices, más allá de las líneas blanquecinas que partían de su nuca. Intentó recordar los detalles de su ropa, que Gaije había hecho desaparecer ya: apenas una camisa y un pantalón. Ni chaqueta, ni fajín… nada que identificara un uniforme. No se había fijado demasiado en los bordados de los puños de la camisa, ni en las líneas y botones del pantalón, aunque le sonaba haberlos visto de soslayo. Pero no hacía falta. Sus sospechas rara vez fallaban.
Caída ya la noche, mientras conversaban animadamente en el salón, escucharon una serie de gemidos y gruñidos extraños procedentes de la habitación.
- Será mejor que vaya a verle…
- ¿Tu chico es un licántropo, querida? No me gusta que metas animales en las sábanas…
El fauno bromeaba y así lo tomó Albborendil, que acudió junto al muchacho a tranquilizarle. Le había girado hasta ponerle bocarriba tras su examen de la tarde, pero se había movido mucho, arrancando la ropa de cama. En su inquieto sueño, parecía haber generado suficiente calor como para chamuscar algunas zonas del tejido de la almohada y de la sábana que lo cubría. Albborendil escrutó aquello con preocupación. No había quemaduras en sus manos, pero la combustión espontánea tampoco era la mejor de las señales. Una rendija grisácea se abrió entre los párpados agitados y la expresión dolorida se tornó en desconcierto.
Tenía una desagradable presión en la cabeza y el aguijoneo de mil abejas zumbando y luchando por salir, desde su nuca a su cadera, dentro de cada músculo, cada hueso y cada víscera del cuerpo. Sentía náuseas y un dolor agudo que recorría cada nervio, y al abrir los ojos le costó enfocar, lo que incrementó aún más el terror que sentía.
- Sssh… tranquilo… estás a salvo… no tienes nada que temer… mírame. Sigue mi voz si no puedes verme… así, bien… escúchame. Mi nombre es Albborendil. Estoy aquí para ayudarte. Conmigo estás a salvo. Puedes descansar…
Cada ínfimo movimiento parecía dolerle, pero el muchacho logró quedar algo incorporado y otear su alrededor y a la mujer. Al hacerlo, pareció reparar de pronto en algo y se echó una mano al cuello, pero la contractura aún presente no le dejó pasar de las clavículas. Se dejó caer en la almohada con mueca de terror y Albborendil se inclinó sobre él, recogiéndole contra su pecho, como a un niño asustado.
- Lo sé. Lo sé… ya no está. Tendrás que aprender a caminar de nuevo sin él… yo te ayudaré. Ssshh… tramquilo…
El chico hacía lo posible por alcanzar su espalda. Estaba terriblemente mareado y le dolía retorcer los brazos para tocar la ausencia del dispositivo, pero logró hacerlo, con una mezcla de incredulidad y terror. El destello de comprensión llegó como una salpicadura de ácido, ahogándole en una amargura desoladora. Aceptó el abrazo de Albborendil aferrado a ella como a una tabla en medio de una tempestad y lloró desconsolado hasta quedarse sin aire. Tardó en centrar la vista y en ser capaz de articular palabras. Incluso la garganta contraída al hablar.
- He oído tu voz. En mis sueños… tú me has salvado…
- Ssshh… eres un caso único, chico. Has sobrevivido a la muerte tú solo, yo solo estoy aquí para sostenerte mientras te vuelves a levantar.
Solo después de un rato de duelo, sin soltar su sedativo abrazo, el muchacho se apartó ligeramente y la miró a la cara, entre lágrimas.
- ¿Albborendil?...
Ella asintió.
- Gracias.
Agachó la cabeza sobre el hombro de ella y se quedó allí unos minutos, respirando dolorido y aterrado, sin saber cómo enfrentarse a lo que vendría después. Perfectamente consciente del abismo que ahora le separaba de su vida anterior. Se apartó de nuevo, con cierto esfuerzo y trató de sonreír, pero los músculos apenas le respondían.
- ¿Dónde estamos?
- En tierra, me temo.
Él asintió. Eso lo tenía claro. El aire, la luz, todo era distinto a como debía ser.
- En casa de un amigo. Cerca del acantilado donde te encontramos…
La expresión de él se congeló de pronto, como su respiración.
- No te encontrarán aquí, no temas. Mañana nos iremos. Si te están buscando, no dejaremos que te encuentren…
Él sacudió la cabeza, triste, desolado.
- Nadie debería buscarme… ahora estoy muerto…
Las lágrimas volvieron a escapar, traicioneras, de los ojos grisáceos, ahora enrojecidos del llanto. Albborendil le abrazó de nuevo. Hasta que, otra vez, él se apartó, confuso, al caer de pronto en que ella estaba hablándole en su propia lengua.
- ¿Por qué quieres ayudarme? ¿Quién eres?
Albborendil sonrió, consciente de la inquietud del otro.
- Nadie que suponga una amenaza.
- Pero hablas mi lengua.
- Hablo muchas lenguas… igual que tú, si no me equivoco.
Él frunció el ceño y se apartó un poco más, a pesar del dolor que sentía en el cuerpo entero. Albborendil siguió hablando:
- No pertenezco a la Ciudadela, no tienes nada que temer de mí. Conozco tu lengua y sé lo que eres… o lo que eras, antes de perder el alar.
El muchacho tuvo que hacer un gran esfuerzo por coger aire y llenarse los pulmones, vacíos de pronto. La sola mención del alar le puso los pelos de punta. Ella continuó con su explicación:
- Os vi caer… y vi al otro lanzar a alguien con las alas extendidas contra las rocas del fondo, pero es evidente que no eras tú. Así que, quien cometió esta atrocidad que ahora sufres te quería vivo… aunque no ha vuelto a buscarte.
- No puede volver… no debe…
Rompió a llorar de nuevo, mucho más angustiado y mucho más sentido. Y su dolor desgarró el corazón de la bruja.
- Sssshh…. Está bien. Está bien… no debe volver a buscarte, de acuerdo…
- Él me salvó… podía haberme matado, pero me dejó vivir… él no va a venir y yo ya no puedo volver. Jamás podré volver…
- Podemos buscar una forma, si…
- ¡No! ¡Si vuelvo le matarán!
Albborendil arqueó las cejas, sorprendida. No esperaba la determinación repentina del muchacho, que controló la respiración y trató de erguirse, todo lo que sus contracturados músculos le permitieron.
- No desperdiciaré su sacrificio mirando atrás… te agradezco tu ayuda, Albborendil.
Al intentar ponerse en pie, la falta de fuerzas y riego adecuado le hicieron caer de nuevo y toda la tensión contenida le hizo volcar y desmayarse. La bruja le recolocó en la cama, ahora más intrigada por el episodio no descrito. La defensa del responsable de su aciago destino había dado un giro interesante a su misteriosa historia. La pérdida de un alar podía asemejarse a arrancarle las alas a un ave, no era solo el daño físico que producía. Al igual que su incorporación, su extracción cambiaba al portador para siempre. El muchacho gruñó y se revolvió en un duermevela turbio, en el que algunas frases inconexas permitieron a Albborendil componerse algo parecido a una historia.
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